Las decisiones de los libreros
Surgió una discusión interesante en el blog del Guardian a propósito del reciente incidente alredor del libro The Jewel of Medina, una novela histórica sobre la presunta historia de amor entre Mahoma y la princesa Papadum que provocó violentas reacciones por parte de unos fanáticos que en nombre de la religión pretenden quemar libros lo que, como se sabe, suele terminar con la quema de personas...
La editorial inglesa decidió retirar el libro del mercado después que atacaron su sede con un artefacto incendiario, lo que mediatizó este libro de forma espectacular y hace prever superventas comparables a las de Versos Satánicos, de 1989, del fatwizado Salman Rushdie.
Este es el punto de partida para que el librero Nic Bottomley reflexione sobre los límites del oficio de librero, dejando bien claro que la decisión de vender un título debe basarse exclusivamente en criterios comerciales y no morales. Y adelanta un punto de vista que me parece muy pertinente: su rechazo a vender infralibros o, como él lo describe, escritos (sic) por concursantes de Gran Hermano o que vengan de regalo por la compra de una bolsa de carbón en el supermercado se debe, más que a criterios sujetivos de calidad literaria, a una estrategia comercial: los objetivos que persigue como librero independiente son diferentes de los de, por ejemplo, un supermercado, por lo que sus estrategias comerciales tienen que ser diferentes.
En su librería no se encuentran libros de concursantes del Gran Hermano porque su público no los demanda. No se trata de querer adoctrinar a las masas, además porque las masas difícilmente pisan una librería independiente. Naturalmente, esperamos que su plan de negocio se corresponda a sus gustos personales y que de entrada no haya montado una librería para un público con el cual no tiene afinidad.
Sin embargo, no acabo de creerme totalmente en este discurso neutral. El librero funciona como un doble filtro: primero en las decisiones que toma al elegir entre la masa informe de novedades editoriales los libros que entrarán en su tienda y conformarán la identidad de su librería, y en segundo lugar como agente que recomienda este o aquel libro en detrimento de otros según las necesidades particulares de cada cliente. Un buen librero puede vender libros que personalmente no le gusten, pero no debería vender lo que considera un mal producto, de la misma manera que un buen pescadero no vende centollos podridos.
Si bien que a menudo un librero recomiende a un cliente libros que no corresponden a sus gustos, pero sí a los del cliente - por ejemplo, libros de un género literario que no suele visitar, lo que no le impide de conocer los autores más respectados y recomendados por críticos e incluso otros clientes -, ha de mantener en su selección de stock y en sus recomendaciones unos criterios de calidad que, reconozcámoslo, tienen mucho de sujetivo...
En el caso del libro que comenta Nic Bottomley, la decisión de venderlo es lógica admitiendo que él considera tratarse de un libro medianamente bien escrito e incluso de interés para sus clientes musulmanes. Pero la decisión es más complicada en el caso del librero norteamericano que en la caja de comentarios a este post defiende su decisión de vender el libro de OJ Simpson, If I did, que también levantó ampollas en su momento y que, en mí presumida opinión, entra en la tipología de infralibro...

